
Sesenta años después de su redescubrimiento, Bruñel vuelve a abrir sus puertas al tiempo.“Manos que labran” es un viaje al mundo rural romano donde, a través de una delicada selección de materiales arqueológicos —algunos de ellos inéditos—, se revela la belleza, el trabajo y la memoria de quienes transformaron la tierra y el destino de un territorio.
La fragilidad de los fragmentos aquí expuestos son testimonio mudo de siglos de historia: una muestra única y en primicia que permite admirar una pequeña parte de la valiosa colección de piezas halladas durante las excavaciones arqueológicas en la villa romana de Bruñel, y que hoy, tras décadas de silencio, vuelven a hablarnos del tiempo y de quienes la habitaron.

Vista parcial de la villa romana de Bruñel (foto Moisés Gómez).
1- Interludio
Clavis: la llave del tiempo
Encargadas de proteger lo privado y, pese a su aparente cotidianeidad, las llaves poseían un fuerte poder simbólico cuando iban cogidas de la mano de los dioses romanos.
Jano portaba en su mano derecha las llaves que custodiaban las puertas celestiales y las de su templo en Roma, cerrado en tiempos de paz con enormes barras de hierro y cien candados para invitar al pueblo a la reflexión sobre la declaración de una guerra; o, por el contrario, abierto en tiempos de conflicto, para pedir protección y victoria en la batalla. Por su parte, Plutón sujetaba en su mano izquierda las llaves del inframundo, impidiendo que escapasen las almas de su dominio…
Pero no todas las llaves abren o cierran puertas. Algunas, como la que tienes aquí, son memoria viva del pasado, vestigios materiales que permiten reconstruir el poder del mundo rural romano en el Alto Guadalquivir, y realizar un viaje en el tiempo para contemplar la vida en este territorio hace mil ochocientos años. Acompáñame…Portae tibi patent (tienes las puertas abiertas).

Llave, villa romana de Bruñel.
2- Primer movimiento
Bajo la tierra, entre piedras y cascotes… redescubriendo Bruñel
<<El 12 de julio de 1965 daban comienzo las excavaciones arqueológicas de la villa romana situada en el cortijo «Plaza de Armas», en un cerro de 640 metros sobre el nivel del mar y a 40 metros sobre el arroyo de Bruñel, en el término municipal de Quesada, provincia de Jaén>>
Así iniciaba D. Manuel Sotomayor Muro su publicación en los Cuadernos de Prehistoria de la Universidad de Granada (1985), titulada “La Villa Romana de Bruñel, en Quesada (Jaén)”, monográfico dedicado a recoger la memoria de los trabajos arqueológicos emprendidos por D. Rafael del Nido en 1965 y finalizados por el propio Sotomayor en 1971. En estas labores intervinieron, a lo largo de las ocho campañas, destacados profesionales de la arqueología española, como D. Antonio Arribas Palau, Juan Agustín González Navarrete, Pedro de Palol y Salellas, José Manuel Pita Andrade y Manuel Ríu Ríu, entre otros, reflejando su trabajo en congresos y diversas publicaciones.
En 1966, D. Rafael del Nido publicaría en el Noticiario Arqueológico Hispánico de la Dirección General de Bellas Artes del Ministerio de Educación y Ciencia la memoria de la que sería la primera campaña arqueológica en Bruñel. Dicha actuación se trató de urgencia para salvar los mosaicos hallados de manera casual en enero de 1965 por D. Emilio Moreno y D. Mario Ramos, vecinos de Cazorla y colaboradores del Instituto de Estudios Giennenses. El delegado provincial del Servicio de Excavaciones Arqueológicas, Ramón Espantaleón Molina, con autorización de la Dirección General de Bellas Artes y financiación de la Diputación Provincial, inició ese año las excavaciones el 12 de julio, prolongándose hasta el 13 de agosto, con un equipo dirigido por D. Rafael del Nido, acompañado por María Isabel Garzón Lozano, Francisco Garrido Garrido y Francisco Agustino de Miguel, con el apoyo de una cuadrilla de ocho obreros.
Rafael del Nido pronto supo apreciar la importancia del yacimiento al delimitar la monumental planta de una villa residencial señorial de época bajoimperial (siglo III d. C.), junto a restos de estructuras indefinidas (siglo II d. C.) y una gran aula biabsidal (siglo IV d. C.) superpuesta sobre la villa anterior.

Excavación del abside oeste durante la campaña de 1965 por D. Rafael del Nido.
Bajo la tierra, entre piedras y cascotes, las manos de los arqueólogos permitieron sacar a la luz la presencia anónima de quienes habitaron esta gran construcción de carácter señorial. Sus pertenencias nos permiten vislumbrar los rostros invisibles de aquellas mujeres y hombres que dejaron su huella sin dejar su nombre. Es el caso de la fíbula, utilizada para sujetar las prendas de vestir; los acus crinalis o alfileres de hueso, con cabeza en ocasiones decorada y punta afilada, destinados al adorno de peinados o tocados del cabello femenino; o las vulsellae (pinzas) empleadas para extraer cuerpos extraños o eliminar el vello corporal no deseado. Estos materiales refuerzan la importancia de la imagen pública y, por tanto, la diferenciación social a través de los elementos estéticos entre quienes vivían como élite y quienes servían en la villa.
Pero, no podemos obviar que con anterioridad a esta intervención, en agosto de 1924, la revista Don Lope de Sosa publicó la noticia del hallazgo realizado por Juan de Mata Carriazo y Arroquia, quien descubrió parte de un mosaico en el cortijo entonces propiedad de Antonio Rodríguez Conde y que el propio Carriazo escribiría después:
“Mi primera excavación personal quedó inédita. Fue apenas el descubrimiento y una exploración preliminar en las ruinas romanas de Bruñel… en ella puse al descubierto algunas partes de lo que parecía una suntuosa villa, con mosaicos. Siempre he querido volver a ese tajo detenidamente, y nunca tuve otra ocasión de hacerlo.”
En 1934, Carriazo documentó otro hallazgo en Bruñel, en esta ocasión, de una sepultura infantil, formada por un sarcófago de plomo, una estela cintrada con la inscripción apenas legible (D.M.S./S. BRAC) y un catino de vidrio. Décadas después, durante las excavaciones de 1965, Rafael del Nido descubrió junto al aula de doble ábside una lápida funeraria de caliza blanca, enmarcada por triple moldura.
De un modo u otro, los cimientos romanos volvian a salir a la luz para mostrar el explendor de épocas pasadas.
3- Segundo movimiento
Intradomun, reviviendo la vida doméstica en la villa
En su interior, tras ascender los escalones que separan el atrio y deambular por un pavimento ricamente ornamentado de mosaicos geométricos, te adentras en el corazón de la villa: el peristilo. Este patio ajardinado, en torno al cual se distribuían las estancias, permitía que la luz y el aire fresco circularan a través del espacio central abierto de su cubierta, sostenida por catorce columnas. El agua de lluvia alimentaba el euripus, una elegante fuente en forma de canal decorada con moldura de cuarto de bocel.
Un tintineo llama la atención. Siguiendo el mosaico de círculos secantes rojos y ocres sobre fondo blanco, alcanzas el umbral de una puerta donde cuelga un conjunto de pequeñas campanas —tintinnabulum—, símbolo protector que alejaba los malos espíritus y atraía la buena fortuna. Tras el umbral, una mensa ocupa el centro de la sala: en torno a ella se disponen los lechos donde se atiende a los invitados, servidos con ricos manjares sobre vajillas de terra sigillata, testimonio de la ritualidad de compartir el alimento.
Los platos de terra sigillata, de intenso rojo brillante —color asociado al poder imperial—, contrastan con las cerámicas pintadas de producción local, de líneas sencillas y sobria elegancia. A ellas se suman piezas de bronce, como un plato con borde decorado en plata y un jarrito bitroncocónico, resistentes e ideales para cocinar o servir.
Estos objetos no solo cumplían funciones prácticas: reflejaban el gusto, la identidad cultural y la posición social de sus dueños. La vajilla de Bruñel nos revela así una unidad doméstica refinada y organizada, plenamente conectada con las redes productivas y estéticas del mundo romano, donde lo cotidiano se convertía en una expresión de belleza y estatus.
Las villas romanas, más allá del lujo que ostentaban, eran ante todo casas de labor, pilares del sistema agrario que sustentó la economía del Imperio.

Plato y jarrito en bronce, villa romana de Bruñel.
4- Tercer movimiento
Lujo y placer entre los muros del triclinio
En este espacio donde se servían exquisitos manjares sobre la mensa no era una estancia cualquiera. Rafael del Nido lo denominó “ambiente nº 32” y lo identificó como el triclinium, el comedor principal típico de las villas de las clases acomodadas. Su nombre procede del griego tri (“tres”) y klinē (“lecho”), aludiendo a los tres divanes dispuestos en forma de U alrededor de una mesa baja.
En el triclinium se celebraban banquetes y reuniones sociales. Los comensales se recostaban sobre su costado izquierdo mientras los sirvientes ofrecían los alimentos desde el lado abierto de la U. Al finalizar, se dejaban restos de comida para los espíritus, los esclavos o los animales, gesto de generosidad del anfitrión. Cuando caía la tarde, las lucernae iluminaban la estancia, creando un ambiente cálido y solemne.
Además de lugar de banquete, el triclinium era un espacio de representación artística. El de Bruñel mostraba un magnífico mosaico con la diosa Tetis —hoy en el Museo Provincial de Jaén— y muros estucados con escenas animalísticas. Entre los fragmentos conservados destaca el llamado “panel de las Garzas”, donde dos aves se alzan sobre un fondo rojo oscuro: una con el cuello plegado y otra inclinada hacia una flor. Ejecutadas con trazos finos y pinceladas blancas que iluminan sus ojos y picos, las figuras transmiten una sorprendente naturalidad.
Otros fragmentos de estuco revelan una decoración mural de gran refinamiento, con candelabros vegetales estilizados sobre fondo rojo, tallos verdes y flores amarillas que culminaban en motivos de loto. El estudio de Lourdes Muñoz (1994) permitió reconstruir su aspecto y fecharlo en la segunda mitad del siglo I a.C., dentro del IV estilo pompeyano, donde las élites representaban la naturaleza exterior —fuente de inspiración y prestigio— en el interior de sus viviendas.

Fragmentos de estuco pintado pertenecientes al panel de «Las garzas», ambiente 32, villa romana de Bruñel.
5- Cuarto movimiento
Sosteniendo la economía de un imperio
“Cuando vayas a comprar una finca, visita varias veces el lugar elegido y observa bien a tu alrededor… Asegúrate de que goza de buen clima, no propenso a tormentas. El terreno debe ser fértil y con fortaleza natural. Si es posible, al pie de una colina, orientado al mediodía, en un lugar sano y donde resulte fácil encontrar trabajadores. Ha de contar con agua abundante y estar cerca de una población próspera, del mar, de un río navegable o de una buena calzada.”
(Catón, De Agricultura, 1,1,3)
Las sucesivas campañas arqueológicas en Bruñel abrieron el debate sobre la interpretación de las nuevas estructuras halladas sobre la villa original. La gran nave de doble ábside descubierta en 1965, el aula absidada de 1966 y el amplio patio rectangular documentado en 1969 fueron inicialmente asociados por su tipología a una basílica paleocristiana, un baptisterio y un criptopórtico. Este hallazgo atrajo la atención de personalidades de la época, entre ellas Carmen Polo, esposa del general Franco, que visitó el yacimiento en 1967.
Con el avance de las excavaciones hacia el sur, se identificaron nuevas estancias sin pavimento musivo, algunas con restos de estuco más sencillo, junto a un segundo patio peristilo más modesto. Aparecieron hoces, cencerros, piquetas, bocados de caballo, raederas y cubos, pero ningún material de culto o enterramiento, lo que descartó la hipótesis religiosa. Todo apuntaba a que el conjunto se concibió para ampliar los espacios de trabajo de una gran explotación agropecuaria, reflejo de la creciente ruralización del Imperio romano en el siglo IV d.C.
Entre los materiales exhumados destacan una pesa de plomo usada para medir y estabilizar instrumentos; una picoleta, herramienta agrícola y de construcción; un bocado de caballo de hierro con anillos para las riendas; una hoz de hoja curva empleada en la siega; una fusayola para hilar; una hoja de cuchillo y una punta de venablo (venabulum), arma de caza muy usada en la Antigüedad.
La villa funcionaba como un auténtico centro económico autosuficiente, orientado a la producción masiva de los tres pilares de la dieta mediterránea: trigo, aceite y vino. Su administración recaía en el villicus o capataz, mientras el propietario solía residir en la ciudad. Este modelo transformó el paisaje y los modos de vida prerromanos, organizando el territorio en torno a las villas como núcleos productivos.
“Si me preguntas cuál es la finca ideal, te diré que la de cien yugadas —unos 250.000 m²— y dotada de toda clase de suelos: primero la viña, si da buen vino; luego el huerto irrigado, el saucedal, el olivar, el prado, el campo de trigo, el bosque, la arboleda y, por último, el encinar.”
(Catón, De Agricultura, 1,7,1)

Hoz, villa romana de Bruñel.
6- Cuarto movimiento
Sit tibi terra levis
La abundancia de restos de cenizas, vigas carbonizadas y signos de destrucción permitió situar el abandono de la villa en el siglo V d.C., a consecuencia de un incendio. Así se selló su destino: la muerte y el olvido.
Pero más allá de sus muros, Bruñel también conserva la huella de la muerte. Los rituales funerarios y las inscripciones revelan la manera en que los romanos concebían el tránsito al más allá y el recuerdo de los difuntos: un contraste entre la ostentación de la vida y la certeza de su fin.
Las inscripciones funerarias romanas son una de las fuentes epigráficas más abundantes de la Antigüedad. En ellas los familiares dedicaban a los dioses Manes palabras de recuerdo y afecto, registrando el nombre, edad, oficio o parentesco del difunto, y fórmulas de despedida. Gracias a ellas conocemos la visión romana de la muerte: no como final, sino como tránsito hacia otra existencia bajo la protección de los Manes.
Así también Bruñel, tras siglos de silencio, sigue vivo. Sus muros, mosaicos y epígrafes susurran desde la eternidad, recordándonos que aún queda mucho por descubrir. Como escribió el profesor Manuel Sotomayor Muro en su estudio de 1985 para los Cuadernos de Prehistoria de la Universidad de Granada:
“El yacimiento de Bruñel presenta una superficie excavada de unos 5.920 m² y constituye, ya solo en su parte visible, un importante complejo rural con tres fases de evolución a lo largo de tres siglos. Quedan aún amplias zonas por excavar… Solo nuevas campañas permitirán apreciar toda la magnitud e importancia de este gran centro de explotación agropecuaria.”
Las metodologías arqueológicas han evolucionado de forma extraordinaria desde aquellas primeras campañas de mediados del siglo XX hasta las prácticas científicas actuales. Hoy, la excavación se concibe como un proceso multidisciplinar en el que intervienen técnicas de registro digital, análisis estratigráfico preciso, estudios de laboratorio y herramientas de georreferenciación que permiten reconstruir con gran fidelidad la historia material de los yacimientos. Sin embargo, esta sofisticación tecnológica no hace sino subrayar el valor de los métodos clásicos y, en particular, de los cuadernos de excavación que los arqueólogos elaboraban con rigor artesanal.
El bloc de notas del profesor Manuel Riu Riu, que aquí se expone, constituye un testimonio excepcional de esa forma de trabajar. Sus anotaciones minuciosas, dibujos técnicos y observaciones de campo revelan la mirada analítica y la sensibilidad científica de una generación de investigadores que, sin más herramientas que su experiencia, su lápiz y su precisión metodológica, sentaron las bases del estudio arqueológico moderno. Este cuaderno no es solo un documento de trabajo: es, también, un puente entre la arqueología de ayer y la de hoy.
La excavación de la villa en 1967 despertó un notable interés público e institucional. Durante aquella campaña, el yacimiento recibió la visita de diversas personalidades de la vida social y política del momento, entre ellas Carmen Polo, esposa del general Francisco Franco. Estas visitas reflejan la importancia que entonces se otorgaba al hallazgo y, al mismo tiempo, nos recuerdan que la arqueología ha sido —y continúa siendo— una poderosa herramienta de divulgación, capaz de acercar el pasado a la sociedad y de generar un diálogo entre la investigación científica y el interés ciudadano.
Hoy, más de medio siglo después, esta exposición retoma ese espíritu divulgativo, invitando al visitante a descubrir la Villa Romana de Bruñel a través de la mirada de quienes la excavaron y de las técnicas que, desde entonces, han permitido comprenderla mejor.
Concluimos esta muestra recordando que «Manos que labran» alude no solo a quienes trabajaron la tierra en la Bruñel romana y a quienes hoy continúan viviéndola, sino también a las manos de arqueólogos e historiadores que, al excavar y documentar, cultivan la memoria del pasado. Cada fragmento recuperado y cada registro conservado nos acercan a quienes habitaron este lugar.

Vista parcial del patio peristilo y abside este (foto Moisés Gómez).
Bibliografía consultada
-
Del Nido, Rafael (1966). Edificaciones romanas en el cortijo Plaza de Armas del pago de Bruñel.
Madrid: Inspección General del Servicio Nacional de Excavaciones Arqueológicas.
Separata de Noticiario Arqueológico Hispánico, nº 1–3 (1964–1965). -
Sotomayor Muro, Manuel (1985). La villa romana de Bruñel, en Quesada (Jaén).
Cuadernos de Prehistoria de la Universidad de Granada, nº 10, pp. 335–366. -
Ramos Noguera, Julio (2015). Reexcavando sin destruir, cincuenta años después. Aplicación de nuevos planteamientos teóricos y metodologías a la villa romana de Bruñel (Quesada, Jaén).
Arqueología y Territorio, nº 12, pp. 177–189. -
Fernández Díaz, Alicia (2016). La decoración pictórica.
En Las villas romanas de la Bética, pp. 491 ss. -
Hidalgo Prieto, Rafael (2016). Bruñel (Quesada).
En Las villas romanas de la Bética, pp. 375 ss.
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